Escrito por Patricia Mera
12 de Julio, 2020

Una mañana como todas me dirigía a mi trabajo cuando de pronto una de mis llantas del carro se ponchó con algo en el camino. Y me dije: oh no voy a llegar tarde al trabajo, detuve mi auto a un lado del camino y miré a mi alrededor y no había ninguna gasolinera o vulcanizadora que me ayude a reparar la llanta y no tenía la de repuesto; llamé a mi compañía de seguros y una contestadora de voz con un menú tan largo y en inglés, algunas cosas entendía y otra no. Colgué el teléfono porque la verdad no me ayudó mucho, llamé a mis hijos y nadie me contestaba; empecé a desesperarme en medio del calor del verano que hacía en esa mañana, ni si quiera me acordé de llamar al trabajo a reportar mi inconveniente. 

Hasta que tome un tiempo, respiré y me senté en el carro y oré con calma y como nunca resé el rosario. Cuando terminé de orar alguien me tocó la ventana y era un hombre que me ofrecía su  ayuda, el llamó a mi compañía de Seguro y habló con ellos, luego llegaron y cambié la llanta. Le agradecí mucho y continué mi recorrido al trabajo. 

Cuando llego a mi trabajo vi que mis compañeros también iban llegando al igual que yo… y me dije que extraño! ¿Todos se atrasaron este día? y le pregunté a uno de mis amigos que hora era y él me dijo las 5:55 am y miré mi reloj y tenía las 7:55 am y recordé que mi nieta la más pequeña había estado jugando con mi teléfono y me había cambiado la hora del reloj y en ese momento me dieron muchas ganas de reír y miré al cielo y dije: Fuiste tú, Gracias mi Dios.

Una oración puede cambiar tu día, tu vida y la perspectiva en la manera como vemos las cosas y como reaccionamos a ello. Recordemos que Dios siempre está presente y nos mantiene a salvo, si nos ponemos en sus manos y él siempre llega a tiempo. 

“No temas, pues yo estoy contigo; no mires con desconfianza, pues yo soy tu Dios; yo te he dado fuerzas, he sido tu auxilio y con mi diestra victoriosa te he defendido”. 

Isaías 41:10

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